lunes, 24 de abril de 2017

El canon de belleza



El canon de belleza

Los artistas y estudiosos de la estética no alcanzado un término universal de lo que es la belleza, en cada época se ha buscado el acercamiento a la idea de belleza. Existe un canon, con significados diferentes a lo largo de la historia, que intenta descifrar el concepto de belleza.

En la prehistoria la belleza de la mujer estaba relacionada con la fertilidad, debía poseer unas caderas anchas y unos grandes pechos para alimentar a sus hijos. Las venus son la representación de este canon, entendido como representación del factor social que propiciaría la supervivencia de la especie.

Grecia aporta una profunda reflexión sobre la belleza. Según nuestro sentido común consideramos bella una cosa bien proporcionada. Platón afirmaba que la belleza tiene una dimensión autónoma distinta del soporte físico, no se corresponde con lo que se ve. Por ejemplo, Sócrates no era muy agraciado, pero tenía una gran belleza interior. Para él el arte sería una copia de la realidad, debería sustituirse por la belleza de las formas geométricas, eterna, inmutable; basadas en la proporción y en los conceptos matemáticos. Pitágoras, pensador anterior a Platón, ya afirmaba que el mundo se podía explicar a través de los números. La estrella pentagonal o pentágono estrellado era, según la tradición, el símbolo de los seguidores de Pitágoras. Los pitagóricos pensaban que el mundo estaba configurado según un orden numérico, donde sólo tenían cabida los números fraccionarios. La casualidad hizo que en su propio símbolo se encontrara un número raro: el número de oro. Por ejemplo, la relación entre la diagonal del pentágono y su lado es el número de oro.

 


Edad Media: Fibonacci advirtió la presencia de un número que se encontraba tanto en la naturaleza como en las obras de arte, un número que representaba la perfecta proporción. El número designado con letra griega = 1,61803... (Fi)  es la inicial del nombre del escultor griego Fidias que lo tuvo presente en sus obras.


Consideremos la siguiente sucesión de números:

1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34...


Cada número a partir del tercero, se obtiene sumando los dos que le preceden. Por ejemplo, 21 = 13 + 8; el siguiente a 34 será 34 + 21 = 55. .

El número áureo aparece, en las proporciones que guardan edificios, esculturas, objetos, partes de nuestro cuerpo, ...

Un ejemplo de rectángulo áureo en el arte es el alzado del Partenón griego.

 En la figura se puede comprobar que AB/CD= . Hay más cocientes entre sus medidas que dan el número áureo, por ejemplo: AC/AD= y CD/CA= .



Ejemplos de rectángulos áureos los podemos encontrar en las tarjetas de crédito, en nuestro carnet de identidad y también en las cajetillas de tabaco. Se construye con dos lados cuya división entre ellos es el número fi.

En el Renacimiento las proporciones fueron plasmadas por Leonardo da Vinci en  El hombre de Vitrubio, que sirvió para ilustrar el libro La Divina Proporción, escrito por Luca Pacioli editado en 1509.


 

 

En dicho libro se describen cuáles han de ser las proporciones de las construcciones artísticas. En particular, Pacioli propone un hombre perfecto en el que las relaciones entre las distintas partes de su cuerpo sean proporciones áureas. En una figura el rostro debe ser una décima parte del cuerpo y la cabeza la octava parte del tórax. Si queremos buscar nuestra proporción aurea solo tenemos que medir la altura de la persona, desde los pies hasta la cabeza, y dividirla por la distancia que hay desde los pies hasta el ombligo.

En la edad contemporánea Dalí abandona el surrealismo a finales de los años cuarenta y funda un nuevo movimiento, el misticismo nuclear, se mezclan la ciencia y la devoción a lo inexplicable. Se obsesionó con el número fi, su primera obra en la que lo plasma es la siguiente:

Semitaza volante con anexo inexplicable de cinco metros

. Si dividimos las figuras en rectángulos áureos cada vez más pequeños, aparece la misma figura; la espiral logarítmica. Esta curva ha cautivado, por su belleza y propiedades, la atención de matemáticos, artistas y naturalistas.


Si tomamos un rectángulo áureo ABCD y le sustraemos el cuadrado AEFD cuyo lado es el lado menor AD del rectángulo, resulta que el rectángulo EBCF es áureo. Si después a éste le quitamos el cuadrado EBGH, el rectángulo resultante HGCF también es áureo. Este proceso se puede reproducir indefinidamente, obteniéndose una sucesión de rectángulos áureos encajados que convergen hacia el vértice O de una espiral logarítmica.


El número Fi también lo podemos calcular en nosotros mismos, solo tenemos que dividir nuestra altura entre la distancia que hay desde el suelo hasta nuestro ombligo. Podemos explicarle a los niños lo que son las proporciones aúreas y que las comprueben en sí mismos.

Tania Velasco Mota 

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